Crear Ciber-recomendado

Winters bone 

Como citadinos (y eso que citadinos del tercer mundo, acá en Colombia) a veces olvidamos que existe un universo aparte, más allá de las fronteras de nuestras ciudades. Un lugar que según el país y la región, puede llamarse pampa, la Guajira o los llanos, donde las reglas que conocemos no aplican y hay que jugarse el corazón, sin que lo gane la violencia. Y aunque constantemente el cine hecho en Hollywood nos recuerde que Estados Unidos es un paraíso a punto de ser destruido por alienígenas o por robots que descansaban en el lado oscuro de la luna, los films independientes, como Winter’s bone, están ahí para mostrarnos que ellos también tienen rincones donde se acumula el polvo.

 

En uno de ellos vive Ree Dolly, una joven de 17 años, que en otro lugar estaría chateando con sus amigos, pegada al celular y pensando en conseguir novio, pero que en este sitio olvidado de Dios, con una mamá catatónica sentada para siempre en la sala de su casa y un papá prófugo después de su última condena por cocinar metanfetaminas, es la encargada de llevar las riendas del hogar. Es ella la que tiene que partir la leña para hacer fuego, la que consigue que los vecinos reciban su caballo para que no se muera de hambre, la que cría a sus hermanos pequeños, enseñándoles conocimientos básicos en ese entorno salvaje, como disparar para defenderse o quitar la piel de las ardillas que se cazan y se comen en tiempos de escasez.

 

Ree es una heroína, no cabe duda. Tiene el carácter templado, el paso de los resueltos. Y como todo héroe, tiene que emprender el camino de su propia odisea, que comienza cuando un policía llega a decirle que su papá, que había salido bajo fianza poniendo como garantía su tierra y su casa, está desaparecido y si no se presenta a responder frente a la justicia, Ree y su familia perderán la única posesión que tienen. “Lo voy a encontrar” le dice ella al policía, sin un atisbo de duda. Para lograrlo, deberá caminar por esos parajes fríos y apocalípticos, donde queda claro que la agricultura no es la principal fuente de trabajo de las personas que los habitan, todos parecen sospechar de todos y una sensación de “sobre eso que hizo tu papá no se habla” planea sobre cada rostro.

 

Y nosotros, arañando los brazos de las sillas en la sala, no podemos dejar de acompañarla en su camino, porque tenemos un presentimiento que no nos abandona nunca, de que algo malo va a pasar con ella. Puede que en Winter’s bone no haya balaceras ni persecuciones, pero Debra Granik, su directora y coguionista logra lo que pretende cualquier thriller respetable: que no respiremos, que no podamos espabilar, que saltemos en momentos de tensión sorpresivos, como ese en que el tío de Ree, Teardrop (un preciso John Hawkes, que recibió una nominación al Oscar por su interpretación), le toma la cara con brusquedad para que le quede claro que ella se está pisando sin querer, con sus preguntas insistentes por el destino de su papá, los callos de muchos.

 

Porque claro, donde viven los monstruos, aunque sus habitantes tengan la piel curtida, nadie soporta a una muchachita que con su sola presencia le recuerda las consecuencias de sus pecados. Han establecido un código de comportamiento (como las mafias de cualquier lugar y cualquier producto, cuando aún les queda algo de humanidad) con el que se determinan los castigos y las maneras del honor, que todos deben obedecer. Sin embargo, Ree no es una mujer como cualquiera, y no está dispuesta a guardar silencio para no incomodar. Puede que su papá haya hecho lo que no debía, pero ese no es motivo suficiente para que ella y su familia sufran las consecuencias.

 

Una de las grandes cualidades de Winter’s bone es que Debra Granik es capaz de transmitir toda la crueldad de ese infierno helado en el que vive Ree, insinuando más que mostrando. Incluso los motivos de la hostilidad contra Ree son tácitamente ocultos durante gran parte de la película: los presentimos más que saberlos. Lo mismo ocurre con la violencia, que durante muy pocos segundos es explícita. A Granik le interesan más las consecuencias de ella: el terror ante el acto de usar una motosierra, la vergüenza del alguacil cobarde que no quiso enfrentar la furia fría de Teardrop, la expresión de cansancio satisfecho de Ree mientras la sangre le cubre el rostro. ¡Que películas como Hostel o Saw se queden con las vísceras regadas por el piso! Aquí el horror está en el aire, en la carrera de Ree dentro de un matadero, que la fotografía (llena de blancos reventados y virada al azul) hace ver como una gran nave extraterrestre donde ella fuera el único ser humano buscando escapar.

 

Jennifer Lawrence, la actriz que encarna a Ree, brinda una extraordinaria interpretación. Puede ser la mamá más dulce para sus hermanos al jugar con ellos, o la más dura cuando les ordena que nunca le pidan a otros aquello que deberían ofrecerles; su mirada es la de una adulta vieja cuando escucha las severas advertencias de otras mujeres, que la tratan como a un paria, pero es inocente e ingenua cuando va a preguntar por los requisitos que se necesitan para enrolarse en el ejército. Los matices de su rostro, como sólo ocurre con las grandes actrices, son suficientes para que sintamos la tragedia en carne propia y nos conmovamos con su angustia. Las otras tres nominaciones al Oscar que alcanzó Winter’s bone, tanto para Lawrence, como para la película y el guión adaptado, son el reconocimiento para una producción que alcanza grandes momentos con los mínimos recursos, que nos confronta y nos recuerda cuán primitivo es todavía el género humano y cuánto de selva hay en las zonas menos luminosas de eso que llamamos civilización.

 

Los verdaderos grandes héroes no son los que se vuelan o los que se balancean entre rascacielos o los que cuentan con el poder infinito de un anillo. Héroes son los que diariamente, en lugares de cuyos nombres no queremos acordarnos en las grandes ciudades, cargan con el peso del mundo y aun así conservan la capacidad de oponerse a la injusticia, no se dejan vencer y no transan sus principios aunque les apunten a la cara. En el empaque de un thriller rural, Winter’s bone es realmente el recordatorio de que lo más digno que uno puede hacer frente a los monstruos es levantar la lanza, espolear al caballo y enfrentarlos.
Reseña publicada originalmente en http://www.ochoymedio.info/

samuelcastro

Agua de borrajas (crítica de También la lluvia)

por samuelcastro el 07-31-2011 08:29 AM - fecha de última edición 07-31-2011 08:30 AM

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La moral nos juega malas pasadas cuando la involucramos en nuestros juicios estéticos. Quisiéramos desde el fondo de nuestro corazón que el mundo siguiera reglas claras y coherentes para que lo bueno siempre fuera hermoso y lo malo asqueroso. Pero no. Las mujeres más bonitas no son las de corazón más noble. Los miembros de las academias de modelaje no salvarán al mundo. Los profesores de filosofía se verían fuera de forma en los anuncios de perfumes.

 

Por eso se complican las cosas cuando hay que juzgar una película que tiene un “buen mensaje”. Los lectores que apoyan las ideas que desarrolla la cinta, no soportan que se la juzgue con crueldad, atacando a los críticos que lo hacen porque supuestamente están “del lado incorrecto”. En general, esos lectores son los mismos que cuestionan con dureza títulos cinematográficos impecablemente realizados, que no tienen desde su concepción más objetivo que entretener, porque, según ellos, carecen de “profundidad”. Nunca se está a salvo de la discusión y en muy pocos días podemos pasar de un bando al otro. Afortunadamente, aunque se complique de vez en cuando, todavía el arte permite menos sectarismos que la política o la economía.

 

Toda esta introducción viene al caso al saber que estamos hablando de También la lluvia, la más reciente película de la realizadora española Icíar Bollaín, cuyo nudo argumental es, en sí mismo, un dilema ético. ¿Qué tanto pueden vanagloriarse los países del primer mundo por sus reivindicaciones a los derechos humanos o por los logros alcanzados en equidad social y laboral, si cuando vienen a territorios del Tercer Mundo hacen exactamente lo que pretenden prohibir en sus leyes?: explotar al trabajador, evadir permisos legales, tener muy poco en cuenta el medio ambiente que les rodea. Y para hacerlo, el guionista Paul Laverty, marido de la directora y más importante que eso, escritor habitual de las historias de Ken Loach, que se caracterizan precisamente por su punzante (aunque a veces un poco primaria) crítica social, se vale del recurso del cine dentro del cine. Acompañamos entonces a un equipo de filmación europeo que realiza una película sobre el descubrimiento de América y para ahorrar en su presupuesto cambian las lógicas locaciones del Caribe por los verdes valles de Cochabamba en Bolivia, donde además saben que podrán encontrar con facilidad miles de extras de rasgos indígenas. Para los integrantes del grupo, cualquier indio funciona, porque están seguros de que nadie del público (su público europeo) sabrá que hay diferencias entre caribes e incas.

 

Los personajes principales son Sebastián, el director y guionista, que está haciendo la película soñada por él desde hace años, y Costa, el hombre práctico que sólo desea terminar lo más pronto que pueda esa historia que está produciendo. Por desgracia (o por culpa de Gael García Bernal que nunca parece terminar de sentirse cómodo con el personaje) Sebastián va desdibujándose ante nosotros a cada minuto, con una falta de coherencia que al final uno no sabe si es intencional. Al comienzo se preocupa por las filas enormes de personas que desean ser extras, más tarde sólo se preocupa por no tener problemas con los horarios, después intenta burlarse con superioridad de las autoridades de Bolivia acerca de las medidas que están tomando (saliendo muy mal librado) y al final, cobarde, sólo desea que alguien lo saque del embrollo en que está metida su filmación por culpa de las grescas callejeras, pues los hechos de la película ocurren en 2000, cuando Cochabamba vivió grandes protestas sociales por la intención de una multinacional de privatizar el servicio del agua, prohibiendo inclusive que las comunidades recogieran el líquido que caía del cielo (de ahí el título, pues les querían cobrar También la lluvia)

 

Y mientras Sebastián se disuelve en su propia tibieza de carácter, Costa, el productor, va robándose el foco de la película, gracias a la interpretación de Luis Tosar, que con cada mirada y sobre todo, con el trabajo que hace con su voz, le imprime carácter y credibilidad a ese tipo fuerte que va descubriendo su lado más sensible al relacionarse con Daniel (Juan Carlos Aduviri), el extra convertido en actor de carácter, que es al mismo tiempo uno de los líderes de las protestas y que conforme avanza la película se va acercando más y más a sus afectos, pues la prevención y la desconfianza se torna en admiración hacia un tipo que a diferencia de Sebastián, es capaz de defender su dignidad sin importarle las consecuencias. Costa no podrá dejar de preocuparse cuando la hija de Daniel se pierda en medio de las batallas campales entre militares y protestantes.

 

Icíar Bollaín, que sabe trabajar con material “social”, como lo demostró en 2001 con Te doy mis ojos, protagonizada por el mismo Tosar, logra equilibrar las cargas entre lo que pasa en la película ficticia (con un Colón ambicioso que sólo quiere el oro de los indios y unos pocos monjes aguerridos que denuncian las injusticias cometidas) y lo que ocurre con el reparto en la “vida real” (donde los papeles se trastocan y Colón es valiente y los monjes pusilánimes) gracias a una edición correcta y a una diferenciación muy apropiada de la fotografía en ambos mundos. A pesar de ciertos pasos en falso del guión, consigue crear imágenes contundentes (un helicóptero que carga una cruz sobre una barriada pobre, un cura solitario que intenta parar la locura de las protestas) y hacer interesantes visualmente todas las situaciones. Puede que a veces haya más de la película sobre el descubrimiento de lo que sería necesario, pero se entiende la necesidad de insistir en la ironía de que 500 años después los europeos no hayan aprendido nada.

 

Cuando las dos películas, la que vemos y la que filman frente a nosotros, terminan, nos quedamos con una sensación agridulce. Puede que hayamos visto una película sobre un tema trascendental, que nos importe un poco más la suerte del agua de nuestros pueblos y que odiemos con mayor intensidad a las multinacionales. Pero al final, como espectadores experimentados, no podemos olvidar que un personaje principal no funcionó, que en ciertos momentos los diálogos se volvieron sosos y que hicimos fuerza durante muchos minutos del metraje para convencernos de que También la lluvia es mejor película de lo que nos decía esa voz en nuestra cabeza. Y entonces, cuando dejamos la moral a un lado, tenemos que aceptar que por más que lo deseemos, no es lo mismo bondad que calidad y que el cine de altura no es propiamente el que se hace en La Paz.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN www.ochoymedio.info

comolohace@gmail.com

Sin límites, de Neil Burger. Lo mismo de siempre, pero esta vez bien contado.

por el 06-27-2011 02:58 PM - fecha de última edición 06-27-2011 03:02 PM

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Por @comolohace

 

Habría que comenzar  con una advertencia: Sin límites, la última película de Neil Burger es, entre otras cosas,  el típico cúmulo de lugares comunes al que nos tiene acostumbrado el cine de acción norteamericano, y que se repite una y otra vez recalentado en una infinidad de cintas. No hay un solo giro en la historia que no nos recuerde algo ya visto decenas de veces. Sin embargo, y ya bajando la guardia, estamos ante el cúmulo de lugares comunes más entretenido y digno de atención  del cine ultra comercial en los últimos años. Una cinta tan emocionante y entretenida como lo fueron en su momento verdaderas joyas del cine de acción como Enemigo Público, Training day y El club de la Pelea.

 

Esta vez Niel Burger, a quien recordamos con desgano  por aquel bodrio que fue el Ilusionista (2006),  se vale del guión de  Leslie Dixon, basado en una novela de Alan Glynn, para contarnos la historia a manera de thriller de Edward Morra (Bradley Cooper) un fracasadísimo aspirante a escritor víctima del bloqueo creativo y recién abandonado por su novia. Cierto día Morra consume una pastilla (NZT) que genera en quien la toma el uso superlativo de sus facultades cerebrales. Así que el tipo termina convertido en una especie de genio que escribe una novela, aprende a tocar piano, a hablar japonés y a ganar una fortuna en Wall  Street en solo unos días (lo cual recuerda a Neo en Matrix aprendiendo Kung-fu y no sé qué más cosas en cuestión de segundos). En este punto nos encontramos con esa vieja obsesión de Holliwood: los poderes especiales. Desde las ya incontables adaptaciones de las historietas de DC Comics, pasando por los personajes psíquicos de Nigth Shyamala, hasta los innumerables retratos de genios, vemos en la imaginería hollywoodense gran predilección por esa especie de deidades terrenales que han erigido su propia versión del Olimpo: Dioses en la forma de Súper Héroes como Spiderman o Superman y  Prometeos encarnados en hombres como Tyler Durden y ahora Edward Morra.

 

La trama de la película está bien condimentada además por los hilos narrativos a los que dan lugar un misterioso perseguidor asesino; el dealer por medio del cual el protagonista entra en contacto con la pastilla; un mafioso ruso que descubre la droga y como es de esperarse quiere hacer negocio; la novia de Morra, Lindy, interpretada por una Abbie Cornish con un registro por momentos pasmosamente similar Nicole Kidman; y un magnate de las finanza interpretado por Robert De Niro (de quien no hay mucho que decir) que aprovecha la gran habilidad del nuevo genio para sus propios negocios. Otro factor de intriga lo aporta el delirium trémens que sufre el personaje cuando deja de consumir la droga.

 

Un aspecto que merece una mención especial en Sin Límites es el tratamiento y el ritmo visual de la película, que en algunos momentos recuerda a Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Como era de esperarse a la hora de retratar la mente de quien está bajo el influjo de una droga, por momentos nos enfrentamos a un mundo casi onírico, sin comienzo ni fin y, como el título de la película lo dice, sin límites. Un mundo el  que  llueven letras y por momentos no hay paredes. Una estética por lo demás muy cercana al vértigo y a la agilidad del video clip.

 

No nos vamos a decir mentiras: esta última película de Niel Burger no es, para ponerlo en términos mamertos, “una gran reflexión sobre el hombre moderno y sus demonios”, ni es un cine trascendental y ceñudo con profundas propuestas conceptuales. No. Sencillamente es lo que uno con modestia espera a veces cuando va al cine: una historia divertida y por ratos inteligente, con varios momentos emocionantes y vertiginosos, una historia que da treguas y nos deja pensar un poco en el mundo  en ocasiones gris y mediocre en el que vivimos hoy, y en las falsas promesa que ese mundo nos ofrece para sobreponernos a él. Eso es todo, sin mayor tono ni pretensión. Pero eso es suficiente, creo yo, para librar el precio de la boleta y salir del teatro sin arrepentimientos.

 

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comolohace@gmail.com

Una para el recuerdo: Casi Famosos, de Cameron Crowe

por el 06-05-2011 04:44 PM - fecha de última edición 06-05-2011 05:06 PM

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Por: @comolohace


Este fin de semana encendí el televisor… Nada qué hacer, la misma basura de siempre.  Documentales sobre edificios o carros gigantes, algún reportaje sobre lo increíblemente rico que es este o aquel, series malucas en todas partes….Afortunadamente en VH1 estaban pasando de nuevo Casi famosos  (2000) de Cameron Crowe. No recuerdo cuándo fue mi primera vez con esta película, pero estoy seguro que desde entonces la he visto más de diez veces. Creo que ello se debe en buena medida a que ciertos canales insisten en repetirla hasta el cansancio.  Me da igual, pienso repetirla tantas veces como pueda…. ¿Cómo va uno a resistirse al poder casi hipnótico de los rizos dorados de Kate Hudson? ¿Y cómo va uno a privarse de esa banda sonora que lentamente va soltando como joyas canciones memorables de Simon and Garfunkel, Led Zeppelin y the Altman Brothers?


Casi Famosos, es un entrañable homenaje a la amistad, al amor y a la música en el que se nos cuenta la historia de William Miller (Patrick Fugit), un adolescente de quince años que escribe un reportaje para la revista Rolling Stone sobre Stillwater, una banda de Rock cuya fama apenas comienza. Es el año 1973 y  Miller sigue a la banda durante una de sus giras, lo cual convierte a la película además en un road movie. En el trayecto el joven conoce a Penny Lane (Kate Hudson), una grupie hermosa y encantadora de quien con toda razón se enamora, a cualquiera le hubiera pasado. Como parte de su trabajo periodístico Miller trata de entrevistar a todos los miembros de la banda pero  nunca encuentra la oportunidad de entrevistar a Rusell (Billy Crudup), el guitarrista, y de esa forma su viaje se alarga una y otra vez… y en ese auténtico viaje de sexo, drogas y rock and roll  el protagonista pierde la inocencia (felizmente y asistido por unas grupies preciosas quienes son las encargadas del “desfloramiento”) y deja atrás la infancia.



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Una presencia que también le aporta a la película una buena porción de su carisma es la del gran crítico de  Rock de la revista Cream, Lester Bangs, interpretado por  un Philip Seymour Hoffman como siempre inmejorable. Bangs esta casi obsesionado con la idea de que el Rock and Roll ha muerto, sepultado por la industria de la música que lo despojó de su pureza. “Be honest and unmerciful”, se honesto e inmisericorde, le repite al joven reportero, tratando de instigarlo a que les muestre a los lectores la hipocresía y la vanidad de aquellos que se consideran músicos pero que solo buscan el brillo de la fama.


                                                                                                         

Cameron Crowe, a quien entre otras películas no precisamente memorables recordamos por ese esperpento que fue Vanilla Sky (2001), ha reconocido que Casi Famosos es una historia semiautobiográfica (el“desfloramiento” y las cartas con Bangs, por ejemplo, son hechos reales vividos por Crowe). Él mismo, así como William Miller, fue corresponsal de la revista Rolling Stones en la década de los 70,  y es recordado como el reportero más joven que tuvo la revista. Como parte de  su trabajo periodístico cubrió giras de gente como Eric Clapton, David Bowie, Neil Youn, Led Zepellin. De hecho Crowe continúa como colaborador de la revista y prepara para septiembre "Twenty", un documental sobre los veinte años de la legendaria banda de Seattle, Pearl Jam.


En 2010 las pantallas de cine se alegraron con el estreno de Taking Woodstock la bella película de Ang Lee sobre aquel mítico concierto. Unos años antes Richard Linlater nos había hecho morir de la risa con Escuela del Rock. Mucho antes vimos Across the Universe, Alta fidelidad, The doors, Rock Star, La Bamba… Por supuesto no podría dejar de mencionar Syd and Nancy, The Wall y en fin…tantas otras…  Casi Famosos (Almost Famous) constituye uno de los momentos más afortunados de aquella especie de subgénero de películas dedicadas a contar la historia del Rock and roll… Y siempre que doy con este pequeño clásico del cine me quedo esperando ansioso aquella inolvidable secuencia del bus en la que con cara de cansancio y derrota luego de una mala noche, los personajes cantan Tiny Dancer, la hermosa canción de Elton Jhon…y la cantan hasta que son felices otra vez… y uno siente que no hay nada más hermoso en la vida que la música y que en ocasiones no hace falta nada más que una canción. Recuerdo muy pocas secuencias de otras películas tan llenas de encanto y de magia.

 


 



La oportunidad de ver Thor hace un par de semanas, se me escapó por falta de tiempo. La oportunidad de ver Thor se me presentó anoche en forma de rayo, de manera improvisada. ¡La oportunidad de ver Thor brilló cuando Natalie Portman apareció en pantalla! La oportunidad de ver Thor parecía haber sido aprovechada tras la primera palabra pronunciada por Anthony Hopkins. La oportunidad de ver Thor pasó cuando Thor apareció en pantalla y luego de algunos diálogos y alguna que otra buena patada la película, sin ningún logro memorable, se acabó.

 

Creo que llevé demasiado lejos el juego del martillazo. Prometo no volver a escribir un párrafo como el anterior, pero es que después de ver la última película de Marvel uno parece convencerse de que el cine como la herrería, parece de lejos un arte fácil, pero hace falta más que un buen martillo para hacer espadas. Buenos martillos sobraban en Thor: Kenneth Branagh como director, Natalie Portman como actriz, Stan Lee como supervisor, Antony Hopkins cómo invitado… pero definitivamente la trama me dio un mal golpe en la frente, tan sonoro como en el mejor cómic ¡SPLANK!

 

El papel del héroe principal parece mal diseñado. No hay mayor desarrollo de los personajes, Thor cambia de personalidad de un segundo a otro de la película sin mayor progreso, el personaje de Portman podría haber sido el de cualquier otra mujer y Hopkins, mi única esperanza, habla apenas por algunos minutos.

 

No estoy arrepentido de haberla visto, solo adolorido. Tal vez pueda volverla a ver con un casco…

legolas

Volar y dejarse llevar (Cisne Negro)

por legolas el 03-04-2011 04:28 PM - fecha de última edición 03-04-2011 04:37 PM

Obsesión de un director de cine que retrata una sociedad obsesiva. Darren Aronofsky vuelve a acercarse a este tema desde la búsqueda de la perfección en El Cisne Negro, su última película. Experto él en mostrar las motivaciones y caminos que llevan a un ser humano a luchar por un objetivo personal, recuperarlo o simplemente buscarlo.

 

Una mujer de avanzada edad que persiguiendo un anhelo trasciende los límites de su propio cuerpo y salud en la vertiginosa Réquiem por un sueño, nos mostró hasta donde llega el espíritu humano en la búsqueda de sus metas. En El luchador, la gloria ya alcanzada y perdida de su protagonista volvió a poner en escena la persistencia y a la vez fragilidad de aquel humano que sueña y es presionado por una sociedad en constante competencia.

 

En el caso El cisne Negro, el vehículo para llevar a la pantalla -y de forma muy acertada- las inseguridades y frustraciones es la actriz Natalie Portman. Su personaje, Nina Sayers se debate entre la ferviente disciplina como bailarina de ballet y el temor a no estar a altura de las expectativas de su madre, del director y sobre todo de ella misma, ahora que busca ocupar el protagónico en el espectáculo de ballet.

 

 

Cada gesto, su misma figura y varias escenas monológicas van adentrándonos en esa angustia personal, que en el fondo también es colectiva. Sin abusar de elementos de efectos especiales, en la trama se recurren a pequeños detalles que demuestran el estado excitación, paranoia y contención del personaje que van presuponiendo una bocanada de acción.

 

Sutilmente se van añadiendo detalles: un susurro, una gota,  un mordisco, una tonada, un labial o  la constante presencia de los espejos. Un mundo ordenado pero aun así lejos de lo ideal y que espera el justo momento para liberarse. “La perfección no solo es control sino también dejarse llevar”, señala uno de los protagonistas del film y ese es el momento al que cuidadosamente Nina se va a acercando y que el espectador va también requiriendo.

 

Portman aporta con su caracterización la fragilidad necesaria para comprender esos sentimientos de culpa, deseo de triunfo, búsqueda de control y necesidad latente por volar.  Así este drama psicológico toma forma y la metáfora se torna más vívida. El enemigo interno, el Cisne Negro surge como ave fénix y deja ver la mejor faceta de una actriz y de paso, de un director.

 

 

también en: http://saetaveloz.blogspot.com/2011/03/volar-y-dejarse-llevar-cisne-negro.html

No es fácil contar una buena historia. Porque una buena historia es la que se sigue con atención desde el comienzo hasta la última palabra, la que nos permite entender a sus personajes (incluso a aquellos con los que no podemos identificarnos), la que parece trascender los hechos que relata para hablarnos de algo más grande y más importante.

 

Los hermanos Cohen, a pesar de lo que digan sus fans, toda la vida han tenido problemas con sus historias. Incluso en sus mejores películas (Barton Fink, The man who wasn’t there, Fargo) siempre hay un momento en que la trama se pierde en absurdas digresiones o en que sus personajes parecen muñecos de ventrílocuo, recitando un diálogo o ejecutando una acción que se le ocurrió a Joel o a Ethan, pero que no concuerda con lo que habían hecho o dicho hasta ese momento. Los defectos también pueden ser marcas de estilo.

 

Pero en True grit, su última película, eso no pasa. Tal vez porque realmente les gusta mucho la novela de Charles Portis (han insistido en que ellos han vuelto a adaptar el libro y no han hecho el remake de la cinta de 1969) la historia avanza por un camino sin bifurcaciones desde el comienzo, cuando la pequeña Mattie Ross llega a Forth Smith, Arkansas, a reclamar el cadáver de su padre y encargarse personalmente, con una determinación y un coraje impresionantes para su edad y su época, de vengar su muerte. Cada secuencia de la película a partir de ahí, cada diálogo, aparece en función de ese hilo narrativo; desde la graciosa escena en que Matttie le cobra por los caballos de su padre robados a quien los cuidaba, donde nos convencemos de lo inteligente que es esta chica, hasta el momento en que Rooster Cogburn, el hombre que la niña contrata para “el trabajo, prueba que sí posee ese “true grit” del título, expresión que gracias a la novela se quedó en el habla popular de los norteamericanos desde hace décadas y que se refiere a un coraje terco y engreído que puede ayudar a que las personas superen pruebas azarosas.

 

Si uno ha visto la versión anterior, dirigida por ese artesano disciplinado y mal pegado por Hollywood que fue Henry Hathaway, se dará cuenta de que los Cohen se tomaron en serio la tarea de hacer una película de vaqueros que se sienta real, sin escenografías hechas de cartón paja ni todos los clichés que el cine ha convertido en mitos (por ejemplo la calle central de su pueblo es amplia y nada polvorienta y el líder de “los buenos” se ve peor vestido que “los malos”). Tal cuidado sólo puede deberse a que estamos ante un homenaje, una carta de amor de dos fervientes admiradores de ese género maravilloso que es el western. En vez de hacer uno “a la Cohen” (o tal vez porque ya lo hicieron en No country for old men) le regalan a su auditorio una película donde han juntado lo mejor de dos mundos: su aprecio por los héroes imprevistos (la policía embarazada de Fargo, el mariguanero irresponsable de The big Lebowski) y las líneas de diálogo largas y memorables, con un universo muy distinto al suyo, donde la palabra honor tiene sentido y ni siquiera el líder de una banda de matones ejerce crueldades gratuitas.

 

Las cosas que se mantienen del cine de los Cohen en True grit son las que valen la pena: un trabajo entregado de su reparto, que aprovecha la oportunidad que los Cohen les dan de cambiar su registro habitual (que le permite a Matt Damon demostrar que es algo más que un héroe de acción o una cara bonita), la sabia creación de la atmósfera que más le conviene a un relato (en este caso, convirtiendo los terrenos de la nación india en una especie de país de las maravillas terrible, para esta Alicia del oeste que es Mattie) y la fotografía de ese maestro aún no premiado con el Oscar que es Roger Deakins. Su labor en esta película es asombrosa, al evadir las elecciones comunes del género (como las paletas de colores tierra o la iluminación tipo puesta de sol) e inclinarse por una recreación casi naturalista de bosques y planicies en medio del frio y de unas escenas nocturnas admirables, que se ven como iluminadas con luciérnagas. Lo que logra al presentarle a Mattie a sus dos compañeros de viaje, sacándolos literalmente de la oscuridad para iluminarlos (Cogburn aparece a contraluz frente a un ventanal y lentamente su cara va tomando forma frente a la niña; el rostro de Labeouf, el ranger texano, se ilumina sólo cuando enciende un fósforo) es, sin duda, eso que llamamos “la magia del cine”.

 

Además de Hailee Steinfeld, la niña que se roba el show con su caracterización de una adolescente aguerrida y sagaz, en True grit hay que quitarse el sombrero ante lo que logra Jeff Bridges como el sheriff borrachín, gordo y tuerto que la acompaña. Si era difícil repetir el papel que le dio el Oscar a una leyenda de Hollywood como John Wayne, Bridges se mantiene a la altura del desafío (él mismo es ya una leyenda), componiendo un personaje creíble en su rudeza y en su virilidad, patético pero nunca al extremo de perder el respeto que genera  La ironía es que este año le darán el Oscar a Colin Firth por una interpretación inferior a lo que logra Bridges acá, mientras que el año pasado ocurrió al revés, con Bridges ganando por un personaje que no le llegaba a los tobillos al que componía Firth en A single man. Para que nadie diga después que en el cine no hay justicia poética.

 

Cuando termina True grit, con la brusquedad del que se toma un vaso lleno de whisky de un solo trago, uno entiende que lo que más une a los Cohen con esta historia, lo que de verdad los convertía en los mejor capacitados para adaptarla, es la ausencia total de sentimentalismo. Desde el comienzo de su filmografía, incluso en sus comedias, su cine se ha caracterizado por su impiedad y su aspereza. Y aquí, con pulso firme, nunca permiten que la historia deje de ser lo que es: el relato de una niña que crece mientras descubre lo triste y duro que es el mundo, que termina siempre arrancándote algo que no vas a recuperar.

 

Puede que los aficionados al cine de los Cohen salgan de la sala con la extraña sensación de que vieron la película menos personal del “monstruo de dos cabezas”, como todavía los conocen en la industria. Que extrañen los personajes bizarros que desconciertan (hay sólo un par en True grit pero en apariciones menores e inocuas) y los giros enrevesados de sus tramas. Pero los demás, agradeceremos que esta vez los Cohen, se dedicaron a contar nada más que una buena historia. Para quien la ve, no hay mejor recompensa.

¿En qué momento dejó de ser importante para los críticos que una película sea entretenida? ¿De cuándo acá hay que aceptar que el único cine “bueno” es aquel que es trascendental? Ese tipo de concepciones y de generalizaciones tajantes y erradas (como que “si una película es comercial no vale la pena”) son las que han hecho que a tantas personas les dé pereza tener algún tipo de relación con “la crítica”. Transformers 2 no es mala porque sus protagonistas sean robots. Es mala porque el argumento (y no sólo el que tiene que ver con los extraterrestres mecánicos) no tiene ni pies ni cabeza, porque los personajes están mal delineados, porque se toman en serio cuando no deberían, porque Michael Bay cree que en cada escena de la cinta debe haber efectos especiales y los diálogos deben ser monosilábicos para que los adolescentes con deficiencia de atención los entiendan.

 

Pero cuando uno tiene una trama de espías medianamente coherente (ojo, tan poco es cosa de otro mundo), una dirección correcta que sabe acelerar o frenar el ritmo cuando la escena lo requiere y, especialmente en este caso, un elenco sobresaliente, se consigue algo como Red, una amena y divertida película que combina acción y comedia, para llenar la tarde de un domingo y comer crispetas. ¿Tiene eso algo de malo? No, para nada. Al contrario, esta película muestra que para entretener no se puede presentar cualquier cosa, como creen los ejecutivos de muchos estudios millonarios.

 

Es posible que Red hubiera sido una película muy floja si su reparto no fuera el desfile de grandes actores con ganas de pasar bueno que es. Pero cuando uno ve a Bruce Willis encarnando a Frank Moses, un agente de la CIA retirado que trata de pasar desapercibido mientras intenta superar el aburrimiento, uno le cree. Llámenlo si quieren, presencia escénica. Willis no sabrá cómo hacer un drama victoriano, pero tiene el buen tino de entender casi siempre cuáles papeles le sientan bien. Y éste es perfecto. Porque su rostro cansado, su excelente estado físico y su simpatía natural hacen posible que creamos todo lo demás: que él sólo destroza a un equipo de élite que intenta matarlo en su propia casa; que Sarah Ross, la chica que le manda los cheques de jubilación y a la que él trata de conquistar por teléfono desde hace varios meses, acepte acompañarlo en la huída; que ciudad tras ciudad vaya encontrando a sus antiguos compañeros de luchas (y también a sus antiguos enemigos) que se unen a él intentando averiguar quién y por qué quiere acabar con ellos.

 

Aparecerán entonces, para unirse a Willis y a Mary-Louise Parker (la excelente protagonista de la serie Weeds) Morgan Freeman como un anciano agente al que le queda poco tiempo de vida (y ya es un cambio agradable que una película con Freeman no sea narrada por él), John Malkovich como un paranoico agente que cree que el gobierno norteamericano espía todos sus movimientos a través de satélites (pocos como él para darle rostro a los desquiciados), Helen Mirren (con su elegancia y belleza de siempre) como una francotiradora experta que no se resigna al retiro aunque su casa parezca la mansión de Martha Stewart y Brian Cox, el ruso de la KGB que ahora es capaz de tomarse un trago con aquellos a quienes persiguió, en los juegos de espías de la Guerra Fría que él mismo recuerda como “un asunto de caballeros”. Mientras otras películas pretenden hacernos creer que algunos modelos con cerebro de chorlito y bronceado permanente son actores, en Red (que es la sigla que identifica a los agentes Retired Extremely Dangerous) dejan que verdaderos intérpretes gocen con papeles que no los exigen demasiado pero a los que imprimen una credibilidad casi deliciosa. Y si el malo del paseo es un tipo como Richard Dreyfuss y a sus 93 años Ernest Borgnine acepta aparecer como el empleado de archivo de la CIA que le ayuda a Moses a entender qué cuenta del pasado les están cobrando, lo que tenemos en Red es un banquete, una cita simpatiquísima de amigos que se encuentran para contar chistes que se saben de memoria. Es como si los retirados extremadamente peligrosos fueran ellos, actores veteranos en el mundo de hoy.

 

Con ese reparto, cualquier conversación (porque las hay, la comedia no es sólo caídas y chistes de pedos y vómitos, como creen los productores de Little Fockers por ejemplo) es causa de sonrisas. Una trama secundaria tan simple como el viejo romance entre Ivan el espía ruso y Victoria, la tiradora inglesa, en manos de Cox y Mirren se convierte en un divertimento que nos engancha y nos emociona. Eso es lo que hacen los buenos actores, los que se miden por su interpretación y no por las horas que le dedican a la peluquería.

 

Hay reparos, por supuestos. Tal vez por ser una trama copiada de una novela gráfica el director Robert Schwentke pensó que tomando ciertos recursos del cómic (por ejemplo, pasar abruptamente de un plano general a un primerísimo plano, cosa que queda bien cuando tu narración se hace con rectángulos en una página) iba a sumarle energía a la película. Por desgracia, ocurre todo lo contrario. La escena de los asesinos que atentan contra Moses y que él golpea, mostrados como siluetas flotando por el aire sobre un fondo de colores, genera más risa que asombro. No todos son Tarantino ni Zack Snyder para alimentarse de las imágenes populares y convertirlas en propuestas estéticas. Le va mejor a Schwentke cuando se contagia de la despreocupación de sus actores y decide simplemente divertir al público, como en la toma en que Moses se baja de un carro en movimiento sin que se le mueva una ceja.

 

Aunque la trama pierde interés a la mitad de la cinta  y debemos aguantar ciertas incoherencias en su desarrollo que podían resolverse con algo más de atención en el guión, el ritmo que no baja y el sentido del humor, permiten que Red nos deje en la silla hasta el final. No porque queramos saber en qué va a acabar todo (lo intuimos desde el minuto 30, esto es cine que no exige mucho de nuestro cerebro) sino porque la fiesta está buena y queremos seguir en ella.

 

La vida real tiene muchas dificultades como para que los críticos despreciemos tanto el cine evasión, el que nos permite ver una historia en la que no hay planteamientos complejos, ni cuestionamientos a nuestra vida. El que hace que las personas sean felices por 2 horas. Lo importante es que no todo el cine sea de ese estilo (lo que cada vez más pasa en la cartelera colombiana) y que quienes decidan tomar ese camino, tipos como Spielberg o Peter Jackson o como los actores veteranos de Red, sepan de qué manera hacerlo bien.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN www.ochoymedio.info

lolita

No me gustó Rabia.

por lolita el 12-17-2010 03:07 PM

Lo primero que debo decir de esta película es que la actuación de Martina García, aunque no es mala, no me encantó. Creo que como actriz está siendo encasillada en el papel de la mujer, casi niña, de condición humilde con cara de buena que debe pasar por un drama tremendo. Mi problema no es con ella sino más bien con que la pongan a ella a hacer el papel principal, no es una crítica a su desempeño en el papel sino más bien a la decisión de que sea ella quien lo interprete.

 

No sé hasta qué punto una mujer como Martina, que tiene cuerpo casi de modelo y rasgos finos, pueda representar correctamente a las inmigrantes colombianas que están viviendo en países como España en condiciones adversas por no tener su situación legal resuelta. A ella le ha funcionado el uniforme de empleada del servicio, pero no estoy segura de que la mujer colombiana promedio que trabaja limpiando casas en países desarrollados se parezca a Martina.

 

Lo segundo es que la historia aunque puede llegar a ser interesante, no me pareció creíble. El hombre que vive como intruso por mucho tiempo en el altillo de una casa gigante en la que habita toda una familia no se ve enfrentado a problemas simples, que uno supondría deberían ponerlo en apuros. En contraprestación lo ponen a sufrir un par de situaciones extremas que pueden  llegar a ser un abuso del argumento más que circunstancias plausibles en la cadena de acontecimientos de la película.

 

La verdad no me mató esta película y no creo que valga la pena ir a cine a verla. Si la pasan en un canal está bien para pasar una tarde de domingo en casa.

rickyman

Harry Potter y la saga infinita

por rickyman el 12-06-2010 05:53 PM

Este joven medio torpe y con una cicatriz con forma de  relámpago en la frente, definió una generación tal como en su época lo hizo Stara Wars y de pronto Indiana Jones.

 

El fenómeno de Potter ha trascendido la pantalla, siendo inigualable. Sin embarg,o no se puede decir lo mismo de sus películas. Entretenimiento a fin de cuentas, algunas de ellas fueron bastante pobres a nivel argumental y visual como la cuarta entrega y la quinta entrega. 

 

Planos convencionales, recursos comunes y una historia predecible auguraban una saga tediosa y nada arriesgada. Seguramente un gran éxito de taquilla pero a nivel cinematográfico muy normal. Claro que tampoco se le podía pedir mucho a la película al provenir de un libro que no es la mejor muestra de literatura.

 

Sin embargo, la primera parte de la última entrega de esta saga: Las reliquias de la  muerte, es una película digna con respecto al libro. A la par que la historia y sus personajes han crecido, sus conflictos se han hechos más reales y oscuros.  La trama cobra visos de película de acción y drama y se introduce en terrenos de cuestionamientos morales serios.

 

Esos temas son abordados de forma tradicional  pero en  cuanto a las escenas de acción y aventura se toman riesgos con planos y escenificación, que también demuestran madurez cinematográfica. El uso de una animación como recurso para una de la escenas de la película  da la sensación de que el director no buscó el camino fácil de  la espectacularidad de los efectos especiales y prefirió  recurrir a lo sencillo pero impactante.

 

Por eso, esta puede ser la mejor película de todas las de la saga, se necesitaron 6 para hacer una  buena... eso no suele suceder en cine y es interesante que esta evolución se haya dado. Piense que ha visto 6 buenos capítulos de una serie y que por fin verá la película y seguro saldrá más que satisfecho del cine.

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La Fille du Puisatier tiene la tristeza de las cosas bellas, es de los tiempos donde amar era pecado, donde la mujer se dedicaba a los extensos oficios de la casa y donde la palabra del hombre era la única sentencia a cualquier deseo. Transcurre poco antes de la segunda Guerra Mundial. Patricia, la dulce hija de Pascal, deshonra a su familia por amor. Empieza la guerra, Patricia está embaraza y Jacques, el joven piloto del que está embarazada, debe pilotear su avión para el ejército francés. Pascal por el honor de la familia manda a su hija lejos, olvidando que ella existe.

 

Es el primer largometraje dirigido por Daniel Auteuil. El guion está basado en el libro del escritor francés Marcel Pagnol, quien en 1940 llevó la obra al cine. En esta primera versión los diálogos son más extensos, la escenas son lentas, poco fluidas, y las actuaciones muy buenas. La adaptación hecha por Auteuil en el 2011 es fiel a la novela, conserva la ironía y la fineza de los diálogos hechos por Pagnol y el resultado es maravilloso.

 

Los paisajes, las actuaciones, el amor, el desamor,  y el viaje por la Francia de los años cuarenta con las tensión de una guerra a punto de estallar. Una película sencilla y apasionante que me conmovió.

 

 

 

Nota: 

Auteuil conocía la literatura de Pagnol desde que actuó en las películas ‘Jean de Florette’ y ‘Manon de sources’ (1986) dirigidas por Claude Berri, que estaban basadas en una novelas. Allí trabajó junto a Ives Montand y Gérard Depardieu, son dos películas que valen la pena ver.

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De cine sé poco. El mexicano lo pasé y repasé en la infancia con mi papá (autodidacta en cantinflerías y galope de rancheras). Vi las frituras de cine americano con mi hermano y mis primos; noches frías con  crispetas y papitas esperando un tráiler que nos diera miedo (utopía obviamente). Conocí algunas clásicas por aquellos andares de la academia.  Luego me gustó Benigni –pero no todo-, me aburrió Fellini, no le encontré el encanto a Tarantino, tuve que ver algunas de Scorsese y Almodovar. Como han notado hasta ahora, pura basura…


Las mejores que vi fue en La tertulia  y Proartes (en Cali),  afganas, rusas, francesas y checoslovacas, pero no doy referencias porque terminaría cambiándole el nombre a todas y no podría dar pista de sus directores. Sólo recuerdo Los gritos del silencio, la única película con la que he llorado y testigo de eso está mi amigo Alberto.

Ahora tengo a mi lado un maestro del cine que me lleva a explorar películas que nunca hubiera visto. Me presentó a Godard, Fassbinder, Kitano, Keaton, Miyasaki, y otros cuántos… Con él vi las que podría clasificar como las tres mejores: Soy Cuba, Moliere y 8 mujeres.

Soy Cuba (1964) deja claro que los efectos especiales y los filtros no hacen que una película sea buena; la fotografía es alucinante. De 8 mujeres me encantó el guión; una trenza de enredos cómico-trágicos sin sospecha de final, y en escena ocho señoras actrices.

Y después de lo que hizo Ariane Mnouchkine con la vida de Moliere no hay nada más que ver. Es una película atortolante que me dejó sin habla. No la puedo criticar, no la puedo desbaratar. Ni si quiera sentí las cinco horas que dura -desde la infancia hasta la muerte de Moliere-. El guión es de una agudeza poética; la reconstrucción de época es bárbara, tiene los detalles de la época y la finura de un Cohiba de verdad; la actuación es limpia.

Estas tres, sin contar el argumento para que no se vuelva una reseña, son las películas que más me han deslumbrado. Gracias Bandido por desempolvar tu VHS y conmoverme con el cine. Las recomiendo a ojo cerrado.
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comolohace@gmail.com

La piel que habito

por el 02-01-2012 10:25 PM - fecha de última edición 02-01-2012 11:17 PM

El último esperpento de Pedro Almodóvar

 

 

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En la campaña de promoción tanto los actores como él mismo hablaron de La Piel que habito como el proyecto más arriesgado y distinto de Pedro Almodóvar. Por supuesto, en una carrera que ajusta ya dieciocho largometrajes de tramas y personajes delirantes, tal descripción sembró una considerable expectativa. Llegaron las nominaciones: el Globo de oro, los Barfta, en fin. Pero la crítica, como es habitual, no se puso de acuerdo: una “obra de magistral factura, otra genialidad del manchego”, la llamaron los más predecibles. Carlos Boyero, crítico del diario español El País, la denominó con desdén como ‘una comedia bufa, una notable idiotez’. Los espectadores, a juzgar por lo que se lee en las redes sociales, experimentan un moderado entusiasmo. Pero en últimas aún persiste cierta cordial polémica acerca de qué es, a qué género pertenece este nuevo engendro. 


Se habló de un film de terror, aunque uno se atrevería a decir que no es precisamente miedo lo que inspira: en cierta oportunidad incluso nos depara alguna risa. Hay quienes ven en él un asomo de ciencia ficción y hasta de cine negro, pues además de la atmósfera no faltan uno o dos crímenes. Antonio Banderas fue más allá y declaró lúcidamente que “con Pedro no vale la pena hablar de géneros porque él mismo es un género y cada una de sus películas esta inmersa dentro de la burbuja que lo rodea”. la piel Baner.jpg


La piel que habito, como es costumbre en Almodóvar, apeñusca innumerables referencias a la pintura, al cine y a la literatura: el Doctor Robert Ledgard, cirujano plástico, cree que la humanidad puede modificar su ADN y así tomar las riendas de su propia evolución para convertirse en una raza más fuerte. El tipo es una variación del Dr. Frankenstein, que como es bien sabido emula a la mítica figura de Prometeo. Ledgard además perdió a su mujer en un incendio por lo cual  está obsesionado con crear una nueva piel sensible a las caricias pero resistente a cualquier agresión, incluso al fuego. Y parece lograrlo cuando de una manera oscura encuentra a Vera Cruz, en quien aplica su invento con paciencia, a lo largo de varios años. 


Vera se convierte en la creación minuciosa de Ledgard, que la idolatra como a una encarnación de su esposa, así como Galatea fue delicadamente modelada en marfil y amada por Pigmalión, aquel rey de Chipre del cual habló Ovidio en las Metamorfosis y Bernard Shaw popularizó aún más en esa famosa obra de teatro, que a su vez inspiró My Fair Lady, la comedia de George Cukor con Audrey Hepburn. De Hecho, la nueva piel se llama G.A.L y es elaborada a partir de piel de cerdo (Pig... malión). Ese argumento, lo ha reconocido el director, también está cortado con la misma tijera de Los ojos sin rostro, el clásico de misterio de George Franju en el que cierto cirujano rapta mujeres para robarles la piel y reconstruir el rostro de su propia hija. 


Ya los psicólogos dirán si esa reverencia de Almodóvar por algunos íconos cinematográficos (o pictóricos, la Venus de Urbino, por ejemplo) no es en sí una manifestación de su propio pigmalionismo. En La piel que habito en todo caso es evidente la influencia de otro relato clásico cuyo protagonista padece de esa psicopatología: Vértigo. Allí un detective que no soporta las alturas, Scotie Ferguson, termina transformando a Judy en Madelayne, una mujer cuya muerte es el centro argumental del film. En El cine según Hitchcock Francois Truffout En  asoció aquel, personaje, Scotie, con la necrofilia. La misma asociación podríamos hacer ahora con Ledgard. 


En este punto, y luego de mencionar pieles artificiales, necrofilias, muertes y cambios extremos, hay que retornar la pregunta, irrelevante sin duda pero entretenida, de qué es La piel que habito. 


Hacia 1920 Ramón de Valle Inclán habló por primera vez de un género literario que pretendía deformar la realdad hasta llevarla a niveles que rayaran en lo grotesco para expresar de una manera más efectiva “el sentido trágico de la vida”. Lo llamó esperpento. Se trataba de una escritura expresionista con personajes distorsionados o extravagantes inmersos en realidades de pesadilla o absurdas con la muerte siempre presente, a la vuelta de la esquina. Esa también es una buena descripción de las películas de Almodóvar, que se resisten a mantenerse en los cánones de los géneros tradicionales y siempre parecen reclamar su bien merecido título de esperpentos.

 

Trailer

 


 

por: @comolohace

unavacamulticolor.blogspot.com

 

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El cine es un asunto de tiempo en muchos niveles: la diferencia entre una película perfecta y una que causa tedio pueden ser 10 minutos; algunos títulos lucen “adelantados a su tiempo” y por eso se convierten en películas de culto años después de que fueron lanzados comercialmente; la diferencia en segundos de las distintas tomas de una secuencia son las que le darán el ritmo final a la narración. Eso en lo esencial. Pero como el cine además de ser un arte es una industria, en él también es válido aquello de que “el tiempo es dinero”: cada demora en la filmación, cada fotograma de cinta desperdiciado, cada contrato de una estrella afecta los presupuestos de una producción.

 

Andrew Niccol desarrolla en In time una historia llevando el axioma hasta el límite: si hoy en día pareciera que tuviéramos miedo de no llenar cada minuto disponible de actividades “productivas”, ¿no sería lógico que en un futuro cercano o en un universo paralelo el tiempo se convierta en moneda de cambio?, ¿que lo único que tengamos sea tiempo? Y aunque esa es la premisa principal, Niccol agrega además un componente del que ya se había ocupado hace 14 años en ese clásico moderno de la ciencia ficción que es Gattaca, que él mismo escribió y dirigió: necesariamente en el futuro vamos a querer ser perfectos físicamente.

 

En este caso, lo que ha ocurrido es que todas las personas crecen normalmente hasta los 24 años. A partir de ese instante, no envejecerán nunca más y un reloj luminoso en el brazo les señala el único año de más que tienen. Por supuesto, al trabajar les pagan con tiempo, así que la vida teóricamente puede durar para siempre, pero si montar en bus puede costar una hora, deberán ser muy cuidadosos en la manera en que gastan su tiempo si no quieren desvanecerse en alguna esquina (pues la muerte por tiempo es fulminante e irreversible) de su zona horaria. Porque hay otras zonas, a las que se llega pagando peajes imposibles, de un año o dos, donde viven los más ricos, los que no tienen que correr a toda prisa, porque tienen todo el tiempo del mundo en sus brazos.

 

Ese es el universo donde vive el protagonista de esta historia, Will Salas (Justin Timberlake). Un trabajador de una de las zonas horarias más pobres, que una noche defiende de unos asaltantes (que no roban billeteras ni celulares sino minutos) a un tipo que presumía del tiempo casi infinito que aún le quedaba. En la huida, el extraño le confiesa que está cansado de tantos días vividos, y le revela además un gran secreto: que las muertes vistas por Will todos los días no deberían suceder porque hay tiempo de sobra para todos, lo que ocurre es que unos pocos en las otras zonas acumulan tanto, que por eso algunos no consiguen lo suficiente. Cuando ambos duermen, el desconocido le dejará todo su tiempo a Salas, que teniendo como motivación la absurda muerte de su madre, ocurrida por una inflación súbita que dobló el precio de su transporte desde el trabajo, intentará cambiar el orden establecido.

 

Cuando la madre de Will, el personaje que encarna Olivia Wilde, el par de ojos más hermosos del cine norteamericano muere a los 15 minutos de iniciada la película sin darnos tiempo a que nos importe, presentimos que algo malo pasa con el guión. Pero lo que viene de aquí adelante es un despropósito de tal magnitud que difícilmente se puede adivinar ante una premisa tan interesante como lo planteada por In time. Porque cada cosa que pasa es más ilógica que la anterior: la supuesta rabia ciega de Will se desvanece la primera noche de su estadía en otras zonas; lo acusan sin pruebas del asesinato del extraño que le regaló más de un siglo; aparece un cuerpo de policías que se denominan “los guardianes del tiempo” que no sabemos a quién obedecen, que usan patrullas vintage y cuyo representante principal, Raymond Leon, supuestamente con toda la experiencia, se mantiene sin horas en su reloj. Y los cabos sueltos empiezan a aparecer por todos lados: ¿qué lección estéril le enseña al protagonista la muerte de su mejor amigo después de que él le regala diez años?, ¿a qué viene ahora que el policía haya conocido al papá de Will, que supuestamente hizo lo mismo que él cuando era más joven?, ¿si el padre de la chica con la que Salas se escapa es uno de los hombres con más tiempo del planeta, a quiénes les teme cuando habla por teléfono excusándose por el desastre en que se ha convertido el secuestro de su hija?

 

Si tan sólo Niccol se hubiera concentrado en la historia que nos promete al comienzo, podríamos pensar que In time es una cinta que no supo cumplir con las expectativas que genera, un intento fallido. Pero para profundizar la tragedia, el director y guionista convierte lo que comenzó como una inquietante venganza, un Prometeo que le lleva el fuego a sus compañeros, en una especie de Bonnie and Clyde desenfadado, sin la carga erótica que debería tener si se tomara en serio su relato. No se sabe qué nos hace sentir con mayor intensidad que estamos perdiendo el tiempo: si ver que el director se quedó sin imaginación para al menos ser capaz de mostrarnos un segundo asalto a un banco que no luzca igual que el primero, las frases grandilocuentes sacadas de algún tomo de “Filosofía para dummies” o la maldita peluca roja de Amanda Seyfried que pareciera estar en peligro de caerse en todo momento. Es que ni siquiera el siempre hermoso trabajo de Roger Deakins en la fotografía (que salva a esta película de haber sido lanzada directamente en SyFy) consigue que In time no se convierta en un juego de rol pensado a la carrera. Hay videojuegos donde los personajes actúan mejor que Justin Timberlake acá.

 

Algo malo pasa con Andrew Niccol. Después de escribir dos grandes historias, bien pensadas y con preguntas trascendentales sobre qué es lo que nos hace lo que somos (The Truman show y Gattaca), es como si el neozelandés se hubiera quedado sin gasolina para pensar narraciones de largo aliento: S1mone y Lord of war parecen cuentos o reportajes convertidos en largometrajes a las malas y The terminal funcionó porque había un genio de la narración como Spielberg detrás. Tal vez el director de comerciales se tragó al guionista y por eso sea una buena decisión que su próxima cinta sea la adaptación de The host, la novela de la vampírica Stephanie Meyer. O tal vez, como pasa en el cine, el asunto sea de paciencia, de dedicarle un par de años a trabajar en sus guiones hasta perfeccionarlos, sin el afán de filmarlos cuanto antes. Una cuestión de tiempo.

 

Samuel Castro/ Twitter: @samuelescritor

(crítica originalmente publicada en www.ochoymedio.info)

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samuelcastro

Un extraño entre nosotros(crítica de Contagion)

por samuelcastro el 11-17-2011 07:35 AM - fecha de última edición 11-29-2011 05:34 PM

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Solemos hablar de nuestras enfermedades como si fueran personas. Decimos cada año, cuando volvemos a padecerla, “esta gripa me va a matar”, o “la peste me tumbó a la cama”. Y los pacientes de cáncer que todos conocemos se refieren a su mal como a un asesino que los amenazara en la sombra. Cuando nos curamos, ni siquiera nos atrevemos a afirmar que la enfermedad ha muerto, sino que se fue, porque sabemos que tarde o temprano, volverá.

 

En Contagion como en las buenas películas de monstruos, muy rara vez vemos a la criatura que está destruyendo nuestro planeta. Nos la muestra en unos planos fríos, esterilizados casi, su director, Steven Soderbergh. Y lo que vemos no nos causa espanto, pues la estructura en el microscopio parece un cuadro de Pollock. Lo que realmente nos aterra son sus efectos, que están desde el principio de la cinta, desde esa tos tremenda con la pantalla todavía en negro, prólogo de lo que sucederá pocos minutos después, cuando asistamos aterrados a la muerte de Beth Emhoff, (hay que ver lo asustadoras que pueden ser unas simples convulsiones cuando las hace una actriz competente, como Gwyneth Paltrow). Una de las características más astutas de esta película inteligente, es que el mal que se contagia no convierte a sus víctimas en zombis, ni hace que les salgan tumores en la cara. Los espectadores en la sala de cine se sienten intranquilos porque todos hemos tenido un resfriado así: que nubla nuestros sentidos, que nos convierte en pedazos de carne que caminan, que nos cierra los ojos. Al hacerlo tan cercano, tan poco fantástico en sus efectos, Soderbergh consigue que creamos que todo lo que vemos es posible. Y al hacerlo, tememos por nuestras vidas.

 

A partir de la muerte de Beth, acompañaremos a una multitud de personajes, cuya existencia es tocada por ese virus que nadie tiene muy claro de dónde viene de muy distintas maneras: desde la científica preocupada por encontrar rápidamente la vacuna, pasando por la funcionaria de la OMS encargada de investigar en Hong Kong cuál fue el inicio del virus, como quien busca las pistas de un asesinato para atrapar al culpable, hasta llegar al especialista encargado de entender el problema y coordinar los esfuerzos a escala global.

 

Mientras eso ocurre, mientras Soderbergh nos ofrece retazos de vidas que, sin embargo, logran conformar un cuadro coherente de las formas en que se esparce una pandemia, nos atemoriza con sutileza, retratándolos a todos en acciones que parecen casuales donde deben abrir puertas, tomar vasos, compartir filas, para recordarnos que es más poderoso el enemigo invisible y omnipresente del que no podemos defendernos, que aquel que se encarna en un perro rabioso o en un lagarto gigante, que evadiremos si corremos con suficiente rapidez.

 

Con un virus no hay forma de correr. Los vuelos que cruzan los océanos en menos de un día, como lo muestra esta cinta, como pasó con la gripe porcina, han hecho que una plaga global que aparezca en todos los continentes sea una posibilidad real. Por eso la trama que nos propone Contagion no es la de ese marido achatado que descubre el adulterio de su esposa que encarna Matt Damon, ni la del doctor Cheever y su transgresión de las estrictas reglas de confidencialidad que ordena el Gobierno, para lograr salvar a su novia de una Chicago en cuarentena. No, nada de eso. La trama aquí es la de la humanidad entera: ¿cómo reaccionaríamos si descubriéramos que la posibilidad de morir infectados es real?, ¿mataríamos a nuestros vecinos sin ningún cargo de conciencia porque sabemos que terminaremos igual?, ¿atropellaríamos y secuestraríamos por una vacuna?, ¿tomaríamos las armas para defendernos del contagio?

 

Con la elegancia formal que lo caracteriza desde hace varios años (Soderbergh es también un director de fotografía cada vez más sabio) Contagion nos insinúe el horror: ese brillo de disparos en la casa de enfrente, la turba que baja del camión a un conductor para buscar alimento. Todo contado a través de una narración fluida, que se beneficia de una dirección clásica —nada de cámara al hombro, nada de correr detrás de los personajes esta vez, sólo haciendo una concesión a la imaginación en las tomas de las cámaras de seguridad que por supuesto, no pueden mostrar eso que vemos— y de la edición meticulosa de Stephen Mirrione, uno de los mejores profesionales en su campo, que ya ganó el Oscar trabajando para Soderbergh en Traffic y que trabaja además con Alejandro González-Iñárritu y con George Clooney. Gracias a esa edición, nos desplazamos por las vidas de los personajes sin sentir saltos abruptos y nos conmovemos con momentos aparentemente sin importancia, como en las secuencias de juntas de salud de todo el mundo, que no saben qué hacer para proteger a los ciudadanos, o en las que nos muestran las iglesias vacías, los vagones de metro solitarios.

 

Cuando se hacen relatos corales el mayor riesgo es que algunas de las historias esté mejor desarrolladas que otras. Y aunque en Contagion el objetivo no es la evolución dramática de los personajes (nadie aprende nada, nadie cambia durante el camino) sí es cierto que en el cuidadoso guión de Scott Burns no todos los personajes corren con la misma fortuna. Dos historias lucen sueltas y deshilvanadas: la del bloguero que interpreta Jude Law (que comienza intuyendo una conspiración y termina a las patadas como un negociante ambicioso) y la de Roger, el empleado de limpieza, que se siente más como un aporte bien pensante del guionista para un “final feliz” que como una trama con algún valor. Pero estos fallos no desvirtúan un conjunto poderoso, que muestra una vez más a Soderbergh como a uno de los pocos en Hollywood capaz de jugar con las reglas del cine comercial (como en Ocean’s eleven por ejemplo) sin renunciar a sus propias búsquedas estéticas.

 

Termina Contagion y todos en la sala de cine miran al tipo que se contrae para estornudar en una esquina con algo parecido al miedo en los ojos. En los baños, los espectadores se frotan con rudeza las manos mientras se las lavan y abren la puerta con los codos. No hay mayor prueba de que la película ha alcanzado su cometido: ahora no sólo vemos a la enfermedad como a una persona que nos amenaza entre las sombras. Su rostro, como un cuadro de Pollock, se ha quedado en nuestra memoria para siempre.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN www.ochoymedio.info

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comolohace@gmail.com

El Páramo, de Jaime Osorio Márquez

por el 10-09-2011 01:27 PM - fecha de última edición 10-11-2011 03:02 PM

Ese brutal enemigo que llevamos dentro

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Por: @comolohace

Nuestra colorida tradición oral está llena de variados e imaginativos relatos de brujas y fantasmas que nos helaron la sangre durante las noches oscuras de la infancia. Relatos de un mundo fantástico y entrañable que se desdibujaron y se fueron dulcificando con el tiempo. Pero en Colombia los relatos de miedo de la vida cotidiana resultan de sobra más macabros porque  nos acechan en cada esquina e insisten en aparecerse en los noticieros. Son los relatos brutales de nuestras múltiples guerras.  Una de esas historias de miedo, mezcla de nuestras más antiguas fantasías y de los horrores que nos muestra diariamente el periodismo, es la que nos cuenta El Páramo,  ópera prima de Jaime Osorio Márquez.


En nuestro contexto resulta casi incomprensible que no haya florecido  el cine (ni  la literatura) de horror. Recordamos por supuesto el trabajo del cineasta caleño Jairo Pinilla, ícono indiscutido de la Serie-B en el país; recordamos al paisa Adolfo X; y recordamos obviamente a Carlos Mayolo, algunas de cuyas cintas, sin pertenecer propiamente al género, abordaban parcialmente algunos de sus tópicos. Cómo olvidarse además de Pura Sangre,  de Luís Ospina, con esa especie de vampirismo tropical: una  película aterradora. En 2007 vimos también Al final del Espectro, de Juan Felipe Orozco, que sigue punto por punto los cánones del cine de horror oriental pero tratando de adaptarlos a nuestra estética.


El Páramo  es una historia de brujas que transcurre en la soledad de una estación del ejército a más de 4000 metros de altura sobre el nivel del mar, un escenario azaroso por naturaleza: el Pelotón Bravo 3 debe recuperar el territorio, al parecer en manos de la guerrilla. Pero una vez allí, alejados del mundo y solos, comprenden que su verdadero enemigo es mucho más temible y brutal.


George Romero en La noche de los muertos vivientes demostró que los argumentos exagerados  del cine de género, a veces menospreciado y acusado de banalidad, no son más que un pretexto para reflexionar sobre asuntos  mucho más complejos. En El Paramo, que nos sirve para leer nuestra realidad pero cuyo alcance es universal, nos encontramos con  preguntas molestas para las cuales tal vez no hemos querido encontrar respuestas: En primer lugar ¿Quién ha sido el verdadero enemigo en esta guerra nuestra, que parece una maldición?  Pero además ¿Quién ha sido el responsable de que continúe y parezca no tener fin?


En una época en la cual el cine de terror con frecuencia produce risas,  la cinta de Osorio  nos garantiza sobresaltos y  nos agobia con esa extraña carnicería que viven los  nueve soldados y que nos recuerda a cada instante la barbarie en que vivimos.


Conviene decir eso sí que a pesar de que el cine de género cumple siempre con unos tópicos como si fuera un ritual, y en eso radica parte de su gracia y encanto,  cada director debe imponerse el reto de no ser excesivamente fiel a la hora de abordarlos. En El Páramo  encontramos algunos recursos narrativos ya demasiado recurrentes: cada personaje desempeña un rol tan explorado en  otras películas del género bélico y de horror (28 Días después y Deathwacht, solo por mencionar dos ejemplos recientes) que a veces es fácil para el espectador adelantarse a los giros narrativos: nos encontramos  con el lujurioso violento, con el bueno, con el negro, con el místico, con el líder... Sin duda en todas las historias están esos roles, pero depende de la manera como se aborden que no resulten demasiado planos y en esa medida la historia se torne un poco predecible.

 

Al margen de eso da gusto comprobar una vez más en esta producción que nuestro cine parece haberse despedido definitivamente de los fallos de producción que siempre le dieron ese toque de pobreza tan característico. Más allá de que al principio el relato transcurre muy lentamente, da gusto la agilidad del montaje. Las bisagras están aceitadas y bien puestas. Aquellos saltos visuales que daban cuenta de errores y olvidos durante el rodaje son ahora parte del pasado.

 

Las actuaciones  también merecen una mención: acostumbrados como estamos a los aspavientos y a los diálogos sobreactuados de ciertas improvisadas glorias de la actuación, el reparto aquí se siente preciso y se desenvuelve con naturalidad, sin excepciones. Otro gran acierto es la ambientación, responsable del miedo que sienten tanto los personajes como los espectadores: en ese paisaje abierto y dealta montaña el director logra meternos en una atmósfera opresiva con la oscuridad, la neblina y los frailejones, que se alzan a manera de extraños espectros.

 

 



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El Origen del planeta de los Simios, de Rupert Wyatt

por el 09-11-2011 12:46 AM - fecha de última edición 09-12-2011 07:12 PM

Unos monos geniales y pixelados


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por: @comolohace

 

Hay por lo menos dos circunstancias que favorecen el estreno de El Origen del planeta de los Simios, de Rupert Wyatt, y que tal vez nos dejan comprender la excesiva benevolencia  con la que ha sido recibida por la crítica. En primer lugar está el precedente de El Planeta de los Simios(2001), protagonizada por Mark Wahlberg y también inspirada en la novela de Pierre Boulle: sin lugar a dudas muy pocos en Hollywood podrían alcanzar el nivel de incompetencia necesario para filmar una película tan somnífera y pobre como la del maestro Tim Burton, a pesar de que  hay innumerables candidatos.  Así que, de ahí en adelante, todo puede considerarse ganancia. En segundo lugar están las propuestas cinematográficas de 20th Century Fox esta temporada. El panorama es más bien modesto: Montecarlo, una bobada insufrible protagonizada por Selena Gómez;  Los pingüinos del Sr.  Poper, con Jim Carrey, comedia familiar de la cual me atrevería a apostar que no pasará a la historia;  y X-men First Class, una propuesta más interesante pero sin el alcance del resto de la saga. En ese contexto, como es de esperarse, esta precuela del clásico de Frnkliyn J. Shafner, tiene el camino despejado.

 

 

Y habría que decir que El Origen del Planeta de los Simios es prácticamente aceptable, a pesar de todo. Nos cuenta la historia del científico Will Rodman, interpretado por un James Franco a quien algún director por fin debería pedirle que abra bien los ojos, que experimenta con monos tratando de encontrar la cura para el Alzahimer, mal que padece su padre (John Lithgow). En el proceso uno de los monos, Cesar, se transforma en una especie de genio primate que incluso aprende a hablar con una voz diáfana que envidiaría Julio Sánchez Cristo y termina liderando una rebelión contra los humanos secundado por sus compañeros de especie, entre ellos un orangután de lo más coqueto. Las razones de la rebelión uno diría que quedan en entredicho. También queda en entredicho la razón por la cual de un momento a otro todos los monos resultan geniales, pero en fin.


Algunos críticos hablan complacidos de la agilidad y el buen ritmo con los cuales se desarrolla el relato… y probablemente están haciendo un uso bastante alternativo de esos dos términos porque de hecho en pos de darle profundidad  y cuerpo a la historia, el director se detiene en la relación cotidiana de los cuatro personajes principales y en la enfermedad del padre del científico de una de una manera que logra impacientar por ratos al espectador. Como contrapartida de ese problema narrativo hay que reconocer que uno de los grandes aciertos de la película es la profundidad psicológica que alcanza Cesar (gracias en buena medida al trabajo de Andy Serkys, recordado por interpretar criaturas de Peter Jackson como King Kong  y Gollum). En él notamos la evolución de un mono bebe, juguetón y gracioso, a un animal cerebral e introspectivo con rasgos humanos y con el carisma que no tiene ninguno de los otros personajes.

 

Muchos han celebrado la calidad de los efectos. Y lo cierto es que en ocasiones, cuando los planos son cercanos, el asunto es bastante verosímil, pero eso es todo. Por lo general uno tiene la impresión de que está viendo una animación no precisamente bien lograda. Uno de los planos finales es casi burdo, si consideramos los altísimos estándares de una producción como esta. Y recuerda uno las imágenes de la versión original de 1968 y de la serie de televisión en las cuales los disfraces, que podrían hoy calificarse de primitivos, eran suficientemente convincentes.

 

Excepto por Andy Serkys  y John Lithgow, el elenco de la cinta debe mencionarse como un asunto puramente técnico, sin trascendencia interpretativa: Freida Pinto, Slumdog Millionaire y Conoceras al Hombre de tus sueños,  no es más que una figura decorativa; y Tom Felton,  Draco Malfoy en la saga Harry Potter, no va más allá de una presencia caricaturesca, sin mayor relevancia… De James Franco, que tanto nos entusiasmó en 127 horas y en ese más que aceptable trabajo en Howl, no hay mucho qué decir.

 

Por último vale anotar que en un momento en el cual el cine solo cuenta desabridas historias de superhéroes o trata de asegurarse con remakes faltos de imaginación y carácter, y en  el contexto siempre pobre de nuestra cartelera El Origen del Planeta de los Simios puede considerarse como una buena opción. Pero tal vez  la elección más sabía sea alquilar el dvd y deleitarse en casa con la versión original de 1968.

 


 

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Saluda al Diablo de mi parte

por el 08-18-2011 04:30 AM - fecha de última edición 08-19-2011 12:52 AM

Un afortunado adios a la ‘sicaresca’

 

 

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Más allá de los reparos que con frecuencia se le hacen al cine  comercial, hay que reconocer con respeto y admiración que la breve obra de los hermanos Carlos y Juan Felipe Orozco representa un impulso nuevo para el cine colombiano. Ya en Al final del espectro (2006) nos encontramos con una  pulcritud y una agilidad visual desacostumbrada en nuestras producciones que ha ayudado a resarcir, al lado de las propuestas de otros cineastas como Andy Bais, Ciro guerra, Carlos Moreno y Oscar Ruiz Navia, la siempre cabizbaja  autoestima de nuestra cinematografía nacional.

 

No está demás mencionar también que, junto con Dago García, a quien muchos desdeñan sin siquiera pensarlo un poco, los hermanos Orozco son pioneros de aquello que en los años 80 apenas alcanzó a esbozar Gustavo Nieto Roa: un proyecto cinematográfico verdaderamente rentable y autosostenible.

 

Una vez hecha esa sincera declaración  de principios hay que continuar diciendo que Saluda al Diablo de mi parte es una obra con cuyo único precedente en nuestra filmografía tal vez sea Soplo de Vida (1999), de Luís ospina: una película  en clave de thriller policíaco bien hecha, que muy probablemente obtendrá lo fundamental: la respuesta del público en las taquillas, además de los buenos comentarios.

 

La cinta cuenta la historia, que podría ocurrir en Irlanda del Norte o en Israel,  de un reinsertado que debe emprender una carrera contra el tiempo para matar uno por uno a sus antiguos compañeros  de lucha,  obligado por un ex secuestrado que alguna vez tuvo a su cargo y que ahora quiere cobrar justicia. El castigo, en caso de no hacerlo,  es la muerte de su pequeña hija. Se trata de una densa reflexión sobre la venganza que trasciende los límites del conflicto colombiano.

 

Vale la pena no obstante advertir algo: en ese esfuerzo  por oxigenar los antiguos recursos de nuestro cine (no hay nada aquí de la pobreza tan explotada en otras épocas ni de lo que Héctor Abad Faciolince ha dado en llamar ‘sicaresca’) interviene de una manera  casi imprudente la influencia del cine de acción norteamericano, tan lleno de tópicos y a su manera tan desgastado: muy pronto nos encontramos con emplastos a manera de  heridas sangrantes  que cambian ligeramente de lugar de acuerdo al plano, con bigotes postizos y pelucas, con tiroteos donde de una manera incomprensible nadie tiene buena puntería; vemos peleas que terminan con los contendores botándose por una ventana,  oímos personajes de impostada voz gutural que rayan en lo caricaturesco y nos sorprendemos con algún forzado giro argumental. En últimas: nos encontramos con elementos que huyen despavoridos de las maneras desgastadas de nuestro cine para acercarse a otras no menos reprochables.

 

Para destacar,  la actuación de Édgar Ramírez, de gran trabajo  en Carlos (2010), la excelente película de Olivier Assayas. Ramírez consigue por momentos lo que a los mismos actores colombianos les ha costado siempre: un acento paisa sobrio y creíble.

 

Por: @comolohace

 

 

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Ajami, la peor deshonra es el miedo

por el 07-07-2011 05:55 PM - fecha de última edición 07-08-2011 02:47 PM

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@comolohace

 

Trailer subtitulado al español



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A veces esperamos demasiado de las películas. Confiamos tanto en la belleza del cine, en su poder como arte, que siempre estamos buscando el film indicado para cada situación de la vida. Si queremos darnos ánimo y recordar que es posible que pasen cosas buenas, nos repetimos una vez más Pretty woman; si por el contrario necesitamos castigarnos y comprobar que la vida puede ser una mierda, ahí está Se7en para que la voz de Morgan Freeman despedace nuestra fe en el universo. Creemos que el cine siempre tiene la respuesta perfecta y olvidamos que en algunas ocasiones, las películas más valiosas no son las que nos regalan respuestas, sino las que están llenas de preguntas, las que nos cuestionan y nos hacen reflexionar.

 

Hævnen es una de esas películas. La cinta comienza en un paisaje idílico, fotografiado con la misma belleza pasmosa con la que iremos viendo, secuencia tras secuencia, los espacios en los que se mueve la historia: un paraje africano, desértico, que conserva esa magia antiquísima que sedujo a tantos colonizadores, materializada en remolinos de arena que se mueven como genios de lámpara, y una Dinamarca que escapa al frío y los colores pálidos habituales de su cine, para convertirse acá en campos de cereales junto a lagos obscuros, quietos como espejos negros. El uso de los colores saturados y las tonalidades cálidas le da una belleza formal a la película que nos hace pensar en un retrato del paraíso. ¿Qué puede salir mal en lugares como éstos?

 

Lo que puede salir mal, por supuesto, es lo que hagamos los habitantes de ese paraíso. Como siempre pasa con el cine de Susanne Bier, desde aquella desgarradora A corazón abierto (junto con Festen las mejores películas que salieron del movimiento Dogma 95) los personajes que retrata acá sufren, sufren mucho desde el comienzo, porque cuando los conocemos ya llevan una pena en el alma: Anton, el médico voluntario, carga con la culpa de ser el causante del enfriamiento de su matrimonio, por una traición que nunca conocemos del todo; su hijo Elías, vive con miedo en su colegio, porque una pandilla de matoncitos se burla de sus dientes y su acento sueco (para que no olvidemos que hasta en el primer mundo hay prejuicios); el amigo nuevo de Elías, Christian, mira enojado a todo el que pasa a su lado, pues aun siendo muy inteligente no entiende por qué razón su mamá tenía que morir de cáncer; y el padre de Christian, Claus, se debate entre su propia pérdida y la incapacidad para comunicarse con su hijo.

 

¿Cuál debería ser nuestra respuesta ante la violencia? ¿De verdad la idea es que pongamos la otra mejilla? ¿O deberíamos, como hace Christian, responder con ira y asegurarnos el respeto que da el miedo? Porque después de la golpiza que le propina al líder de la pandilla que molestaba a Elias, los dos niños (que no se parecen a esos pequeños idiotas tantas veces presentados en otro tipo de cine) comienzan a creer que tienen la fórmula para arreglar cualquier problema. Por eso no entienden a Anton y su falta de reacción ante los golpes que otro tipo le da en el parque. Por eso espían al golpeador desde lo alto de un silo que suelen visitar, y deciden que la violencia puede asustarlo. Mientras ellos trazan el plan de la revancha (que es la traducción literal del título del danés al español) Anton se ve enfrentado en África con un reto a sus principios: el “hombre grande” que domina la zona, un burdo militar que se divierte abriendo a machetazos el vientre de las mujeres embarazadas para apostar con sus hombres de qué sexo será el bebé que hay dentro, llega al campamento médico para ser curado de una terrible infección en su pierna. Y entonces, nos preguntamos junto con Anton: ¿hay que salvar y curar y luchar por la salud de aquel que ha causado el mal a cientos de personas?

 

Esa no es la única pregunta complicada que nos hace Hævnen. Hay otras que nos taladran el cerebro mientras vemos la película: ¿está mal sentir odio?, ¿es un crimen querer que alguien que amamos muera, cuando vemos el sufrimiento que siente?, ¿somos conscientes de que al decirle a un niño que “todo estará bien” generalmente le estamos mintiendo? Lo mejor de todo es que Susanne Bier no intenta resolver esas inquietudes. Sólo nos recuerda que es nuestra obligación responder; que lo único que no podemos hacer es darle la espalda al conflicto o esconder la cabeza en la tierra hasta que los problemas pasen. Porque la vida es enfrentarse a la responsabilidad que traen nuestras acciones. Porque la única manera de que los criminales paguen por lo que hacen (la justicia o no de los castigos es harina de otro costal) es que aquellos que no lo son, se nieguen a ser parte del decorado.

 

El autor de este guión supremamente inteligente y por fortuna, sin las cargas melodramáticas adicionales que a veces exhiben las anteriores películas de Susanne Bier, es Anders Thomas Jensen, que no sólo es el compañero habitual de la danesa en la escritura, sino que en otras películas escritas por él, como Wilbur quiere morir de Lone Scherfig, ha demostrado que tiene una mirada sensible frente a las tribulaciones del hombre contemporáneo. Aquí no hay grandes discursos, ni personajes que nos den lecciones definitivas. “¿En qué mundo viviríamos si le hiciéramos caso a todos los idiotas que nos molestan?” le pregunta Anton a su hijo, sin saber que será el quién deba contestar ese problema, un par de escenas más adelante.

 

Y si a un guión tan interesante le sumamos unas actuaciones magníficas (el Anton que compone Mikael Persbrandt es memorable en su variedad de matices y en la complejidad que le imprimen sus gestos a cada situación) la atractiva fotografía de la que ya hablamos, y una dirección cada vez más ajustada en su equilibrio entre planos estáticos y cámara al hombro, nos encontramos con una película sobresaliente, madura, que sin golpes bajos nos cuenta una historia sencilla, pero reveladora de emociones e ideas muy profundas.

 

Puede que Hævnen no sea la película indicada para sentirnos felices. Tampoco es la que nos va a ayudar a gozarnos la depresión en los días malos. Es, simplemente, una de esas cintas que nos recuerdan que el día que tengamos respuestas fáciles para algunas preguntas, será porque vivimos en un mundo mejor.
Reseña publicada originalmente en http://www.ochoymedio.info/