Es un hombre encantador. Lector enfermo, escritor suspicaz y soñador infinito. Nos hicimos amigos porque no había de otra. Nos volvimos cómplices porque era lo único cierto. Y hoy, lejanos como dos ríos que esperan volver a la desembocadura, lo tengo presente en las páginas que conmovieron mi alma.
Hace muchos meses rompió el silencio literario y publicó ‘Cuidado con el amor’, uno de los libros de cuentos más exquisitos que he leído en mi corta vida. A pesar de la alerta roja de la carátula, al mascullar cada línea uno se deja llevar por las batallas de la desilusión, por el mundo sórdido de la realidad, por pesquisas, mariconerías y balas que van fugaces en un país conocido para todos.
Leí con el placer de un niño estas grandiosas historias, venenosas y cautivas, como las charlas con su autor. Un libro para leer despacio, para llorar con los amores perdidos, para temblar con los deseos ocultos, para compartir sueños, para sentir la muerte y para conocer más a Alberto.
De lo único que hay que tener cuidado es de la locura de Alberto, del amor picante que pasa por su cabeza. Es como una distorsión que le envenena la lengua con la clave única de la vida: el amor; hay que caer en el amor, librarse del amor, morir por el amor.
Al terminar el libro tuve que releer dos cuentos: Un gigantesco amor en la casa de Gerontes y ¿De quién es esa sangre Susana? Necesitaba prolongar un poco más el placer furtivo de esos personajes que me erizaron el día. Y cuando tenga menos nostalgia de la distancia nuestra, intentaré escuchar a Tresmontant, para descubrir el Apocalipsis y terminar la historia que, tu sabes, apenas llegó al séptimo párrafo… Lo prometo.

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