
(Austin TV - Imágen: Juan Felipe Perez)
Hace un par de días en la comercial papelera de la séptima con 45 sucedió uno de esos eventos que no por triste deja de ser común y corriente en la Bogotá de estos días. Mientras imprimía un par de imágenes en una de las filas del local, un desconocido extrajo de mi bolsillo un iPod classic de 30 gigas.
Aunque mi apego por los iPods y los reproductores de mp3 no es excesivo, el aparato curiosamente había logrado engancharme en los pocos días en los que lo tuve: lo hizo, caigo en cuenta ahora, porque logró descentralizar mi experiencia de la escucha. Las canciones pasaron de sonar exclusivamente en mi cuarto a hacer parte de la banda sonora de mis trayectos, de la ciudad e incluso de un par de viajes que emprendí fuera de Bogotá. Los sonidos se llenaron, al ir cambiando constantemente de contexto, de nuevos y poderosos significados.
Me prometí escribir un post hablando sobre algunas de las canciones que venía escuchando en el iPod perdido y sobre los lugares donde las escuché. Lo que a continuación describiré es el diario, por demás truncado, de lo que ocurre al unir algunas canciones, algunos espacios y algunos recorridos.
Caballeros del albedrío – Austin TV
“Caballeros del Albedrío”, último trabajo de Austin TV, me encontró lejos de casa. Sin escapar del todo del ruido del ventilador de un cuarto pobremente iluminado en tierra caliente, el disco logró abstraerme de las limitadas comodidades del sitio por un instante y recordarme por qué esa música carente de palabras me marcó tanto desde que la ví en vivo por primera vez en 2009: sin ser progresivas, las composiciones avanzan todo el tiempo por direcciones impredecibles. Sin estar inscrita en la estética del Metal o del Hardcore, la banda suena tan estridente y acoplada como cualquier exponente clásico del género. Sin ser “románticos”, los integrantes del grupo no le temen a explorar los caminos interiores, las ensoñaciones más profundas: aquellas emociones que surgen en las superficies abstractas de su música y que son imposibles de expresar con palabras.
En contraste con la calma aparente del cuarto, los ritmos salvajes y asimétricos de Austin TV proyectaban una película de acción dentro de mis ojos. Quizás la tranquilidad árida del lugar me ayudó a olvidar del todo el entorno. A sumergirme realmente en la música y a escuchar el álbum, de inicio a fin, en total asombro.
Infant Dressing Table - Animal Collective
Hay una carretera perdida entre dos pueblos del Tolima, en la que los carros se alzan hasta lo alto de una montaña y descienden del otro lado en cuestión de 30 minutos. Se trata de dos poblaciones pequeñas, una de ellas silenciosa, casi fantasmal. En algún momento del trayecto, en la cumbre más alta de la carretera, pude observar un valle que llegaba hasta donde da la vista y permitía ver a lo lejos muchas regiones desconocidas para mí. Completando la escena sonaba este track, que entre su música lejana y sus voces perdidas me acercó simultáneamente a una sensación de lo familiar (lo infantil, casi) y de lo completamente extraño.
Pero la magia está, quizás, en la manera que tiene la canción de ascender. De forma sutil y al igual que la carretera, este track extraído del primer álbum de Animal Collective nos regala en su punto más alto una visión tremendamente poderosa e inabarcable. Despojada de ritmos - entre percusiones azarosas, ruidos y ecos - Infant Dressing Table nos muestra un territorio sonoro enormemente conmovedor. Lo experimenté del todo cuando ambas cimas, la de la música y la de la ruta, lograban coincidir al tiempo en mis oídos y mis ojos.
Geometría – Javier Barría
Escuché esta canción por última vez entre el ruido del tráfico Bogotano y el gris de un cielo que amenazaba con desplomarse en lluvia en cualquier momento. Entre el ambiente casi tóxico de la calle apareció esta canción compuesta por el músico chileno Javier Barría, mostrando algunos versos cristalinos y maravillosos. La canción habla de “horas elásticas” y esa fue exactamente la sensación que me produjo: el tiempo expandiéndose a través de la superficie del sonido, los segundos adquiriendo un peso distinto, los rostros y los colores mutando, vertiginosos, mientras embellecían la ciudad, como dice su letra.
Minutos después los acordes tocados por Barría, transformados en unos y ceros para hacer parte de la biblioteca de un iPod cualquiera, desaparecerían entre el bolsillo de algún ladrón. Cabe la esperanza de que la persona en cuestión no haya vendido inmediatamente el aparato. De que haya merodeado entre los archivos sonoros del reproductor. Cabe la posibilidad, remota y un tanto ridícula, de qué quizás algunas de las canciones allí escondidas hayan logrado decirle algo.
